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858650 bp-legacy post-template-default single single-post postid-858650 single-format-standard asi-trabajan-los-agentes-la-unidad-subsuelo-la-policia-nacional no-js Así trabajan los agentes de la Unidad de Subsuelo de la Policía Nacional | INOPOL - ACADEMIA DE POLICIA Y GUARDIA CIVIL

Así trabajan los agentes de la Unidad de Subsuelo de la Policía Nacional

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Nadie ve su trabajo y, sin embargo, es indispensable para la seguridad de todos. Desempeñan su labor a varios metros bajo tierra, con el miedo de que se produzca un derrumbamiento, una inundación o se acabe el oxígeno. Son los agentes de la Unidad de Subsuelo de la Policía Nacional.
Nos citan en la sede policial en Moratalaz. Rápidamente nos explican lo indispensable: nunca hay que quitarse el casco, siempre hay que alumbrar al suelo para asegurarse de no tropezar y, ante todo, es imprescindible controlar los gases tóxicos. “Algunos te dejan K.O. en cuestión de segundos”, aseguran.
Con la imagen de las alcantarillas de las películas de terror en la cabeza, preguntamos por las ratas. “Suelen huir de los humanos, pero son buena señal. Significa que, al menos, hay oxígeno para respirar”, se ríen
Ponemos rumbo al centro de Madrid y nos ayudan con el equipo: casco, un mono, guantes de plástico, botas de goma antideslizantes, gafas y mascarilla. Junto a la Puerta de Alcalá abren la primera trampilla y bajamos hacia lo desconocido mientras la luz del mediodía desaparece poco a poco.

Lo primero que vemos es una puerta blindada que se abre mediante una tarjeta magnética. Una vez pasado ese primer control entramos en una amplia galería que cobija los conductos de los principales suministros de Madrid: agua, luz, telefonía…

Los policías avanzan poco a poco, en busca de posibles sabotajes. A pesar de que cada pocos metros hay una cámara de seguridad, la labor humana es indispensable.
De una de estas galerías, que suman más de 2.000 kilómetros, bajan unas escaleras bastante pronunciadas que conducen a un antiguo refugio de la guerra civil en los que se apiñaban decenas de personas para huir de las bombas. Uno de los agentes no pierde de vista el aparato que controla la calidad del aire. “En este punto, muchas veces nos ha faltado el oxígeno”, se justifica.
Ya en la superficie nos dirigimos hacia las inmediaciones del Paseo de Recoletos. Allí está la entrada de uno de los colectores más profundos de Madrid, unos 12 metros. Nos advierten que no es como las galerías: por allí pasan las aguas fecales.
A pesar de lo desagradable de la tarea es absolutamente necesaria:muchos ladrones utilizan las alcantarillas para huir tras sus robos. “Una vez nos encontramos a una banda de atracadores. Fue una situación difícil, porque estábamos en un túnel estrecho. Sacamos el arma y afortunadamente no hubo heridos”, recuerdan.
No obstante, la anécdota deja patente lo arriesgado de su trabajo: en la más profunda oscuridad, en túneles en los que, en ocasiones, hay que ir a rastras, y sin apenas movilidad, un terrorista o un ladrón podría disparar a un policía y este apenas tendría tiempo para reaccionar o espacio para sacar su arma. Y aunque consiguiera apresar al delincuente, sacarle de ahí supondría una auténtica odisea.
Tras asegurarse de que llevamos las mascarillas bien colocadas empezamos a descender. Lo primero que se nota es el olor y la humedad. Las paredes están húmedas y llenas de restos de excrementos que se quedan adheridos cuando sube el nivel del agua.
Bajamos tres pisos de escaleras resbaladizas en silencio, con el sonido del agua como única compañía. A 12 metros bajo tierra encontramos dos canales por los que bajan las aguas fecales a toda velocidad desde Plaza de Castilla.
Nos dicen que si el nivel de agua empieza a subir, hay que salir corriendo cuanto antes. El líquido podría inundar rápidamente la galería y acabar ahogándonos. La oscuridad allí abajo es total. Rezamos para que nuestras linternas no fallen y acabemos resbalando, algo demasiado fácil, al río que recorre el subsuelo de Madrid.
El olor y la humedad hacen difícil respirar. Cuesta creer que todavía existan personas que desciendan a las alcantarillas para poner pequeñas presas y rescatar las piezas de oro que se hayan podido caer por los desagües para luego venderlas. “Hace poco detuvimos a un hombre aquí abajo”, aseguran.
Tras comprobar que todo está en orden, subimos de nuevo a la superficie y nos quitamos los trajes, aunque seguimos impregnados del olor putrefacto de las alcantarillas.
Ya de vuelta a la central, los policías bromean y nos explican lo vocacional de su trabajo y comprendemos que son verdaderos héroes, que desempeñan su impecable labor de manera silenciosa en el medio más hostil: las alcantarillas de Madrid.

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