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Un TEDAX nos explica cómo es la vida entre explosivos

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Alguien abandona una mochila en una esquina de una boutique. La estampida, ordenada al principio, caótica después, solo tiene una dirección: la salida. Mientras el parque de atracciones se despuebla, una persona, una entre cientos de miles, hace caso omiso a su instinto de supervivencia y se dirige con calma hacia el lugar donde descansa la mochila. Camina despacio. El casco, el traje y el escudo antifragmentación suman alrededor de 40 kilos. Los recientes atentados, la memoria de los compañeros caídos y la certeza de que el primer error es el último pesan mucho más.

La escena descrita tuvo lugar en las instalaciones de Disneyland París hace aproximadamente un año. Desde los atentados de noviembre de 2015, la capital francesa vive en un disimulado y silencioso estado de alerta donde se multiplican las falsas alarmas. En ese contexto de intensa paranoia, la Eurocopa del pasado verano se antojaba como un desafío mayúsculo para la seguridad. Fue entonces cuando decidieron solicitar ayuda al Tedax español, que es como se conoce a uno de los equipos de artificieros de mayor prestigio internacional y que significa Técnico Especialista en Desactivación de Artefactos Explosivos. Pero, ¿qué les hace tan valiosos?

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Javier Medina, comandante de la Guardia Civil y director del Centro de Adiestramiento en Desactivación de Explosivos, lo explica con más resignación que orgullo: “Por desgracia para nosotros y para todos los españoles, los Tedax hemos tenido que lidiar con ETA durante mucho tiempo. El tipo de atentado que cometían era muy técnico, usando tecnología avanzada y artefactos muy bien diseñados para causar daño. Aprendimos mucho de ello. De ahí el gran prestigio de nuestro equipo”.

Con el anuncio del cese definitivo de la actividad armada de ETA en octubre de 2011, los Tedax españoles cerraban la etapa más oscura de su existencia: más de una decena de asesinatos a manos de la banda terrorista, la mayoría de ellos mientras trataban de desactivar algún artefacto. Hoy, dado el panorama, la principal amenaza a la que tienen que hacer frente es el terrorismo yihadista, mucho más impredecible, cuenta Medina. Desde los atentados del 11 de marzo de 2004, el yihadismo no ha vuelto a tener un gran impacto en nuestro país, pero sigue estando entre las aspiraciones del radicalismo islámico. Los artificieros lo saben, y están preparados.

La otra amenaza la constituye la munición oculta de la Guerra Civil, que sigue apareciendo con frecuencia a lo largo y ancho del territorio nacional. Contra toda recomendación, hay quienes deciden conservarla con ánimo de lucro o afán coleccionista. Sin embargo, se encuentran en un estado tan deteriorado que lo aconsejable es no tocarla y avisar inmediatamente a los Tedax. El protocolo, explica Medina, es muy claro en cuanto al procedimiento de desactivación: desplazarlas a un lugar donde no generen daños y destruirlas.

En términos generales, esta es la prioridad número uno del agente: destruir los artefactos en condiciones de seguridad para salvaguardar la vida y la integridad física de la población, incluida la suya propia. Sin embargo, en algunos casos los agentes evitan la destrucción del artefacto con el objetivo de extraer la mayor cantidad posible de información a través de su desactivación. Así procedió el agente que desactivó en el Parque Azorín la bomba número 13 de los atentados del 11M, gracias a lo cual se obtuvo un móvil —que estaba conectado a un detonador eléctrico— que fue esencial en la identificación de los responsables.

Detonación o desactivación, el riesgo es tremendo. Medina habla sobre las motivaciones que llevan a alguien a entregarse a una profesión tan arriesgada donde te conviertes en la última barrera entre la catástrofe y el alivio. Le resta importancia. Me dice que “si se siguen los pasos, el peligro se reduce”. Que “es un trabajo de riesgo más, como muchos otros”. Tampoco sabe explicarme las motivaciones que subyacen a una decisión así. “Entras en el cuerpo y luego vas eligiendo especialidad según te vayan interesando unas u otras cosas”, resume.

Una vez tomada la decisión, al futuro Tedax le esperan nueves meses de exigente formación teórica y física. Sin embargo, los conocimientos en física, química o robótica quedan en nada si el agente no demuestra un fabuloso perfil psicológico. Por eso, tanto durante el curso como durante el examen psicológico, los psicólogos descartan a aquellos que no cuentan con la suficiente inteligencia emocional para enfrentarse a desafíos tan extremos. Deberán elegir otra especialidad. Ser artificiero no está al alcance de todos.

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Estos desafío podrían ser menos extremos en un hipotético futuro, cuando la tecnología haya llevado a los robots a un nivel mucho más desarrollado. De momento, los robots realizan únicamente tareas preliminares. “Los robots nos permiten aumentar nuestra propia seguridad. Pero aunque realice determinadas tareas, el Tedax tiene que desplazarse hasta el artefacto y hacer su trabajo. El desarrollo tecnológico parece no tener límites y quizá en un futuro la protección que nos brinde sea absoluta, pero de momento es pura especulación”, responde el comandante.

Además de la desactivación de artefactos explosivos, los Tedax cuentan con un brazo encargado de neutralizar amenazas nucleares, radiológicas, biológicas y químicas. No obstante, algunos de sus miembros ya ha denunciado que el material necesario para hacerles frente es insuficiente. Medina, sin embargo, modera el tono: “Todo es mejorable, pero el material con el que contamos es suficiente para hacer el trabajo de forma satisfactoria. Lo que ocurre es que la tecnología aún no está lo suficientemente desarrollada para hacer frente a amenazas de este tipo. Esperemos que la investigación de resultados”.

Antes de acabar, preguntamos a Medina si los medios hemos hecho todo el trabajo que deberíamos en la difusión del trabajo que hace su unidad. Me responde, como a lo largo de toda la entrevista, con una humildad desconcertante. “Es un trabajo invisible, pero como cualquier otra especialidad. Solo nos acordamos de los agentes de tráfico cuando nos multan, pero si hay un accidente son los primeros en estar ahí”. Lo suyo, y lo de los otros 300 agentes del Tedax, es un trabajo en la oscuridad. Ellos lo saben, pero siguen ahí, poniendo en juego sus vidas por nosotros cuando más los necesitamos.

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